sábado, 7 de marzo de 2009

La leyenda del topo



Hace unos días tuve el placer de volver a León, una ciudad en la que me siento como en casa pero sin los problemas de casa. Pasear por la calle Ancha, tomar unas tapas por los mesones de su parte vieja, trasnochar por el Húmedo... En muy pocas ciudades puedes, en apenas unos metros de distancia, imaginarte rodeado de reyes en el impresionante panteón de San Isidoro; contemplar la grandeza del gótico del siglo XIII en su majestuosa catedral; pensar en lo mal que lo tuvo que pasar don Francisco de Quevedo mientras se le escapaba la vida en un gélido rincón de San Marcos o como, 300 años después, más de 7.000 republicanos pasaron por ese macabro campo de concentración, joya del plateresco, convertido hoy en parador nacional por obra y arte de Manuel Fraga. Renovarse o morir, debió pensar.
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León, a fin de cuentas, es una vía de escape, un lugar lleno de magia, de historia y de leyendas. Una de ellas me interesó especialmente, quizá porque tiene que ver con el monumento más universal de la ciudad, su catedral. Construida en el siglo XIII, el edificio es uno de los más impresionantes de España. No fue fácil levantar ese monstruo, sobre todo porque en ese mismo lugar se había construido con anterioridad un campamento romano, un palacio y otras dos catedrales. Así que cuando los maestros de la época se dispusieron a levantar la catedral que ahora conocemos se encontraron con el subsuelo bastante dañado.
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Los trabajadores intentaron solucionar todos los problemas, pero acabaron por desesperarse. Aquello que construían por el día aparecía destruido por la noche, así que no había forma de avanzar la obra. Muro que se levantaba, muro que caía misteriosamente. Así que intentaron buscarle alguna lógica a aquellos extraños sucesos y pensaron que un enorme topo se movía por aquellos terrenos fastidiándoles el trabajo y obligándoles a meter más horas que el perro de Imenasa.
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Así que a aquellos buenos hombres del siglo XIII, que desde luego tenían mucha más paciencia que nosotros, se les acabaron por hinchar las pelotas. Un buen día decidieron quedarse por la noche armados hasta los dientes para esperar que el topo saliese. El bicho, que se creía muy listo, acabó saliendo a hacer de las suyas y se encontró a un grupo de exaltados que lo molieron a palos. Le metieron una buena paliza y, como era costumbre en la época, lo despellejaron. La catedral acabó levantándose a pesar de todo. Y hoy, si usted se anima a visitar León, cuando entre en la catedral por la puerta principal, la de San Juan, vuelva la vista arriba y verá un trozo de pellejo colgando. Es el topo. Da igual que los estudios científicos que se llevaron a cabo hace unos años desvelasen que aquello es un caparazón de tortuga, yo cuando entro en la catedral veo al topo y a ese grupo de currelas haciendo justicia. El contraste entre el brutal trozo de pellejo y la delicadeza de ese gigante de piedra que parece flotar en el aire me sigue estremeciendo como el primer día. Todos tenemos nuestro particular topo y, algún día, acabará colgando en el interior de nuestras catedrales. No me cabe ninguna duda.

1 comentario:

Luisgui dijo...

La diferencia es que nuestras catedrales no tienen alma de piedra, sino de carne, hueso y espíritu. Y aunque parezca contradictorio, nuestros cimientos se hunden más profunda y sólidamente que los de piedra. Y por muy grande, listo, cabrón y perspicaz que sea el topo, nunca podrá movernos ni un solo milímetro. Y el tiempo corre a nuestro favor.

Bien bonita la historia y la metáfora.

Semper vincere Santiago